
Se creen que por tener los pies en el suelo ya son cuerdos. Llaman cuerdos a las personas sin ilusiones; las que están envueltas en una nube de hipocresía, monotonía y rutina que moderan sus vidas.
Decidí cambiar mi vida, pero mi fallo fue contar con alguien.
Ahora, cuando me siento y fijo mi mirada en el suelo (si, justo en mitad de mis pies descalzos) es cuando más deseo que ese hueco que queda vacío se convierta en arena y que, a medida que voy levantando la cabeza, un olor salada y una brisa marina me acaricie el rostro.
Ahora, que siento más el latir de mi corazón que el propio vaivén de las neuronas, deseo que todo aquello que una vez soñé se vuelva realidad y que sea posible. Vivir en la propia esclavitud de mi cuerpo, de mis entrañas y de mis sentimientos porque, realmente, a los demás no les importa qué sientas o como lo sientas, sino cómo actúes con ellos.
Da igual lo que hagas, yo seguiré desatando en tormentas tu nombre.
Tortura la de amarte sin razoner el verbo, sin importar lo que estas palabras transmitan en tu mente tan desquiciada como la mía. No soy tu esclava divina, ni la muñeca de sonrisa falsa, ni la persona que te habla.
...Deposité mi alma aquí y ha hablado.
No queda más, excepto tinta negra en mis manos.